Que difícil resulta hablar de uno mismo. Sobre todo así, ante una página en blanco y no dirigiéndome a nadie en particular.

Pero ya que estamos; Voy a contarte mi historia y empieza así:

 

Cuando era un niño pintaba sin parar.  Me encantaba dibujar en el papel lugares, personas y cosas inventadas. Nunca se me dio bien copiar. Se me daba bien inventar pero si tenia que copiar algo y dibujarlo me acababa frustrando porque nunca tuve esa capacidad.

Los cuadernos los empezaba por delante para hacer los trabajos del cole y por detrás para pintar. Siempre ganaba la parte de detrás, claro y me cayó mas de una bronca por gastar tanto cuaderno.

 

Nací y crecí en un pueblo pequeño de La Mancha y en esos años los curas, los médicos y los practicantes iban de pueblo en pueblo, se quedaban unos años ejerciendo su profesión y cuando se cansaban o encontraban una oportunidad mejor se marchaban.

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Tendría unos 8 años cuando llegó al pueblo un personaje que cambio mi vida. Se llamaba Don Francisco y era el practicante del pueblo. Además de vacunar, curar heridas y poner inyecciones apareció cargado de un montón de cosas que por entonces y allí eran una fantasía.

A saber: Una tele a color, un mono en una jaula, un hijo diabético (si, en 1979 ser diabético era una cosa rarísima), una emisora de radioaficionado y una mujer que nunca encajó allí.

 

Mi madre era modista y hacía ropa a medida por encargo. Una de sus clientas era la mujer de Don Francisco. Ese fue el vínculo mediante el cual me hice amigo del niño diabético y conocí de cerca lo que eran una tele a color, un  mono, una emisora de radioaficionado y lo mas importante: Una reveladora.

Porque una de las pasiones de aquel personaje era la fotografía y además de pinchar, curar, alimentar al mono y hablar por la emisora de radio se convirtió en algo así como el retratista oficial del pueblo. Así que en su arsenal de maravillas contaba con varios tomavistas, cámaras de foto, metros de película, líquidos de revelado y aquellas máquinas increíbles gracias a las cuales no hacía falta copiar porque ellas lo hacían todo.

Ver como revelaba las fotos pasando el papel por aquellos líquidos reloj en mano y como iba apareciendo la imagen me parecía magia.

Ese fue mi primer contacto con la fotografía. Ya no quería pintar. Ahora quería hacer fotos. Pero la vida iba a llevarme por otros caminos, asi que todavía no me tocaba agarrar la cámara.

Me hice mayor, acabó el colegio y en cuanto pude me marché a Madrid. Siempre con una cámara cerca pero sin dedicarme en serio a ello.

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En Madrid me gané la vida haciendo mil cosas. Fui camarero, dependiente, albañil y mudanzero hasta que finalmente me dedique a trabajar en el campo de las telecomunicaciones y ahí me quedé durante muchos años. En todo ese camino nunca dejé la fotografía. Empecé haciendo cursos y mas tarde cursé fotografía profesional.

 

Cuando todo parecía ir bien la vida me puso una buena zancadilla y el tortazo resonó bien lejos, creeme.

Me levanté como pude y me fui a curarme a Italia. Durante un año viví en ese país que amo por dos cosas, por ser el lugar donde sané mis heridas y el sitio donde acabé de formarme. El Istituto Italiano de Fotografía en Florencia y La Fondazione Estudio Mangaroni en Milán terminaron de completar mi formación.

Ahora pensarás, en este punto, que cuando regresé a España me dedique (por fin) a la fotografía.

Pues no.

Aún me dediqué dos años mas a el rollazo de las telecos hasta que la novia del que era mi jefe por entonces se quedó sin trabajo. Adivina a quien despidieron para contratarla a ella. 

Bingo.

Ese fue el punto de ruptura que me empujó a decidir dedicarme exclusivamente a la fotografía, hacer lo que me diese la gana con mi vida, dejar de perder el tiempo y dar un cambio dramático de la hostia.

 

De eso hace ya doce años.

Doce años en los que he sido muy feliz, he conocido personas increíbles, he tenido la suerte de tener delante de mi cámara a un montón de gente a la que no puedo estar mas que agradecido y cada día es un regalo poder seguir dedicándome a esto. A sacar lo mas bonito de las personas que deciden que sea yo quien les retrate.

Asique ya ves, Soy el niño que pintaba por detrás en los cuadernos. El que alucinaba viendo como se revelaba una foto. El que tenía un amigo exótico por ser diabético.

Soy el chaval que se fue a Madrid buscando otro futuro. El que aprendió que no era fácil, pero tampoco imposible.

El que se marchó a Italia un 28 de Mayo a las seis de la mañana con una mochila y una cámara de fotos con el alma hecha trizas y regresó con una visión nueva del Mundo.

El tío al que su jefe le hizo el favor mas grande del mundo despidiéndolo.

Soy Damián Comendador. El fotógrafo.